Joya nunca joya / Javier Arroyuelo
Noche de lunes y de luna llena; parece la circunstancia ideal para comenzar a escribir sobre las Conchetinas, banda de chicas artistas.
Y no solo porque en sus obras el gesto de arranque es romántico sino también porque ellas lo prolongan con toda una serie de maniobras que coinciden con ésa frase y sus contenidos: énfasis, aliteración, recarga, un repique camp -y el hacerse cargo de todo ello.
Está además, clara, la imagen misma: la luna, siempre femenina y aún más en su punto mayor. Es un tema que las Conchetinas no tardarán en revisar, dado que son grandes adeptas del prefijo re-.
Practican el revisiting, rescatan restos, redescubren recuerdos; el concepto de ‘irrecuperable’ no aparece en su repertorio.
Para sus assemblages, abigarrados y antidepresivos, acumulan elementos de base (materias, objetos) sin el menor atisbo de discriminación, aunque quizás tienen preferencias por lo vistoso, por lo bizarro, por lo simpático, por lo simple y digno, por lo falto de pretensiones.
Pero hacen prueba de discernimiento en el uso de sus variados tesoros.
Al levantar sus obras (llaman tótems a unas, tortas a otras) seleccionan para cada una categorÃas muy precisas de materiales, organizados por otra parte – o mejor: por todas partes- siempre con la misma predilección por las rupturas visuales, los desencuentros felices, la ambición escenográfica, el folklore urbano.
Pegan, pintan, ensamblan, recortan, forran, recubren, yuxtaponen, agregan –todo en el misma objeto, la misma tela. Y luego reúnen, confrontan, mueven y mudan las obras, en un estupendo bric-à -brac orgánico en perpetuo estado de cambio, donde la obra es el todo y cada uno de los detalles. Un mundo, en suma.
Las visiones múltiples dan cabida a cantidad de referencias, todas asociadas al yacimiento de estÃmulos visuales del siglo que pasó – del surrealismo al kitsch, del constructivismo al rock, de los desentonos de la actitud avant-gardiste al glamour de la moda entendida como teatro, en una mezcla sin prejuicio alguno donde el lejano antecedente de Elsa von Freytag-Loringhoven, la Baronesa dadaÃsta del Greenwich Village de los años Diez va de la mano con las Girls que wanna have fun de Cyndi Lauper en su momento ochentista de punkette fluorescente.
Lo singular es que para dar forma a todo esto, las Conchetinas no proceden, como es de imaginar, a la manera de un comité ejecutivo sino según la fórmula azarosa del ‘cadavre exquis’, donde la obra en realización pasa de una a otra ejecutante, para que cada cual aporte a su vez el toque, la pincelada, la nota propia. Vaya uno a saber como logran el Ãntimo equilibrio, el acuerdo armónico, siendo ellas nada menos que cinco. (Se llaman Natalia Cristófano, Victoria Colmegna, Laura Hita, Alina Perkins y Julia Sánchez.)
En Jewel City llevan al extremo el entusiasmo por el boato, el acopio, la ornamentación, el fulgor. Podemos entre otras cosas ver aquà un comentario sobre la ansiedad consumista, donde lo barato vale si reluce y donde lo suntuoso por excesivo se hace cheap. Pero con su gusto por el cotillón y el cartón pintado, los trucajes y los trompe-l’oeil, las Conchetinas dan un tono cálido –y un brillo verdadero- aún a su ironÃa.
Por todo esto, no sé si es posible simplemente apreciar el trabajo de las Conchetinas; parecerÃa más natural engancharse con ellas, entrar casi enamorado en la representación a la que nos invitan.
Las mujeres jóvenes no son automáticamente más interesantes por poseer esos dos atributos, como la cultura quiere hacerles creer, pero lo devienen apenas se ocupan de serlo escapando a las trampas del orden establecido. No hay para mà una gente más atractiva que las mujeres artistas, personajes modernos por excelencia. (No existieron como tales antes de nuestros tiempos.) Luminosas, irritantes, estimulantes, batalladoras, cruzaron el siglo XX haciendo un lÃo estupendo, reinventando la noción de belleza, buscando modos de ser libres.
Es lo que a su modo, celebratorio, irreverente, encantador, llevan a cabo aquà y ahora nuestras amigas Conchetinas.